Visitar un Sacro Monte puede convertirse,
aún hoy, en un momento lleno de emociones, de
sorpresas y de misterio. Y sin lugar a dudas lo
era en los siglos XVI y XVII, cuando una gran
parte de la población era analfabeta o de modesta
cultura, y por eso más fácil de sugestionar ante
la visión de las escenas sagradas presentes en
las capillas con la actitud dramática, propia
del teatro, para cautivar y emocionar al visitante.
Entrar en la sombra de los edificios sagrados,
asomarse a través de las rejas de madera, descubrir
las expresiones tan humanas de las estatuas con
la luz de los rayos de sol que fi ltran por las
pequeñas cúpulas, es siempre una experiencia que
asombra y cautiva.
Las escenas representadas con evidente teatralidad
y dramatismo, narran momentos de vida a los que
los escultores dieron una forma tan sumamente
real - fotográfi ca diríamos hoy - que parecen
de verdad. Las numerosas estatuas en tondo de
ángeles y santos, de hombres y mujeres, de niños
y animales evocan situaciones reales, reforzadas
por la ambientación pictórica y decorativa de
los interiores, así como por el juego de luces
y sombras, también éstas estudiadas atentamente
por el artista.
Colocar centenares de fi guras dentro de un pequeño
edifi cio, situado en las terrazas escarpadas
de un monte aislado, era una empresa completa
y el resultado era la suma de numerosos y convergentes
esfuerzos de los diferentes artistas y artesanos:
capataces, escultores y modeladores, pintores
y carpinteros, cristaleros y herreros a los que
se añadían, involuntarios colaboradores, los mismos
familiares obligados a seguir a los lugares de
trabajo a los artistas errantes.
Los artífi ces de los Sacromontes, en su conjunto,
fueron muchos y cada uno, con su propio papel
y su propio taller de colaboradores y alumnos,
actuaba como en una compañía teatral: fi rmaba
contratos, creaba proyectos y escenografías que,
una vez aprobadas, se representaban en las capillas
y a veces se repetían en otro lugar para un encargo
nuevo.
El aspecto de teatralidad de las escenas se destacaba
también porque, en el primer período de formación
de los Sacromontes, las capillas estaban abiertas
al público y el recorrido de visita permitía acercarse
a los personajes. El visitante podía leer la expresión
de una sonrisa o de un gesto, el detalle de las
ropas y la trama de los tejidos, el dibujo de
los botones o el fl uir de los cabellos verdaderos;
la veracidad de los detalles contribuía a dar
fuerza a la veracidad del mensaje religioso.
Ese
período duró poco, los recorridos cambiaron y
pasaron a ser externos respecto a las escenas:
el peregrino dejó de ser actor para ser espectador:
Se colocaron rejas de madera al principio, y de
hierro forjado después, en los pasos de tránsito
para proteger las obras y para secundar las intenciones
didáctico-religiosas impuestas por las prescripciones
postridentinas. Las escenas se organizaron de
modo que se pudieran ver bien desde ciertos puntos
de vista prefi jados y, por consiguiente, realizadas
con estatuas como de verdad, pero acabadas sólo
por el lado que quedaba a la vista y con frescos
y decoraciones en las paredes que servían de fondo
para los conos visuales deseados por el director
de la escena.
Así se afi rmó y se desarrolló en centenares de
capillas, pobladas de estatuas y distribuidas
por los montes de Piamonte y de Lombardia, el
gran teatro montano que todavía hoy, después de
cinco siglos, sigue siendo meta de fi eles apasionados
y de espectadores curiosos.
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