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De Jerusalén a los Sacromontes
 

Nuestro itinerario histórico comienza por la Tierra Santa, por los orígenes del Cristianismo, por los lugares que fueron testigos del Nacimiento, la Vida, la Pasión, la Muerte y la Resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Por devoción y por penitencia, a partir del siglo IV estos lugares se convirtieron en meta de peregrinación.

En la Edad Media, la peregrinación era un aspecto importe de la religión y para la vida de todo cristiano representaba un momento de adhesión particularmente intenso. En aquella época, las grandes metas de los peregrinos eran tres: Santiago de Compostela, Roma y Jerusalén. Tras la debilitación de la infl uencia occidental en Oriente y con la preponderancia de la potencia turca, la peregrinación hacia la Tierra Santa perdió las connotaciones de fenómeno de masa para convertirse en una aventura muy costosa, de la que se corría el riesgo incluso de no regresar. Al mismo tiempo, empezaban a faltar las bases para poder realizar una peregrinación: inestabilidad política, desarrollo de la agricultura y mejora de las condiciones generales de vida que contribuyeron también a hacer que disminuyera este deseo. Fue así que, para dar la posibilidad a quienes no podían enfrentar los inconvenientes de un viaje costoso y lleno de aventuras, pero para mantener siempre vivo el sentido de la peregrinatio, se introdujeron las llamadas prácticas sustitutivas, para adquirir, sin poner en peligro la propia vida, una indulgencia como la que se habría adquirido en Tierra Santa.

Durante todo el siglo XV la peregrinación hacia un lugar particular como un santuario, relacionado con alguna práctica de religiosa piedad, representó un modo para sustituir Jerusalén. El vínculo ideal se podía acentuar aún más si estos lugares elegidos, además de conservar alguna reliquia particular, poseían también - o en la dedicación o en las formas arquitectónicas y de las artes figurativas - alguna llamada a los Lugares Santos, para así evocar al peregrino la Santa Jerusalén Celeste.

Algunos frailes de la Orden de los Menores de San Francisco, presentes en Tierra Santa entre fi nales del siglo XV y comienzos del siglo XVI, a su regreso, quisieron reconstruir con fi delidad defi nida topomimética los Lugares Santos de Palestina. Así pues, para paliar las difi cultades de la peregrinación a Tierra Santa nacieron la Nueva Jerusalén de Varallo Sesia en Piamonte, por obra de padre Bernardino Caimi y la Nueva Jerusalén de Montaione en Toscana, por obra de padre Tommaso de Florencia. La intención era reconstruir fi elmente algunos lugares de Palestina para sustituir a los reales, dado que era difícil hacer la visita directa. Estas dos realizaciones dieron vida a una peregrinación ideal a Tierra Santa, no arriesgada o costosa y por lo tanto repetible. Estos ejemplos contemporáneos entre sí, por su explícita referencia a la Tierra Santa se pueden defi nir jerosolimitanos y representan dos momentos emblemáticos. La Nueva Jerusalén de Varallo Sesia, por su ubicación geográfi ca prealpina, sufrirá varias transformaciones, refl ejo de los cambios de las diferentes épocas, de las condiciones histórico-religiosas y políticas y del modo de entender la devoción y el uso de las artes al servicio de la religión cristiana, en cambio la Nueva Jerusalén de San Vivaldo, situada en el centro de Italia, llegará casi inalterada a nosotros, como testimonio del espíritu fundador original.

En el período que siguió al Concilio de Trento, por obra de la Contrarreforma y de San Carlos Borromeo (1538-1584) y de los obispos de las diócesis que dependían de él, tomaron forma
- en el territorio de los Alpes y Prealpes noroccidentales - una serie de recorridos de devoción defi nidos como Sacromontes. Abandonadas las intenciones originarias de la correspondencia topográfi ca propia de la Nueva Jerusalén, se reemplazó por el aspecto cronológico-narrativo. Sobre la base de estos renovados objetivos, se modifi ca el primitivo asentamiento de Varallo Sesia y se fundan los Sacromontes a fi nales del siglo XVI de Crea y de Orta. Al inicio del siglo XVII toma forma el de Varese y en las décadas siguientes los de Oropa, Ossuccio, Domodossola, Ghiffa y Belmonte. Para edifi car estos nuevos complejos religiosos se elegían lugares que ya poseían un valor devocional, como un santuario, o que transmitían una memoria de un culto pagano aún más antiguo, y en ese caso se reconvertían, o se recuperaban localidades ya famosas por historia y tradición.



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Extractos de:
F. Fontana, R. Lodari, P. Sorrenti, Luoghi e vie di pellegrinaggio. I Sacri Monti del Piemonte e della Lombardia , 2004, publicado por Centro di Documentazione dei Sacri Monti, Calvari e Complessi devozionali europei.

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